16 feb. 2014

El desahucio en las aulas.

Me llega por correo electrónico esta carta del director del IES Rodrigo Caro, de Coria del Río. Por su interés la reproduzco aquí para darle la mayor difusión posible, y como manera de agradecer a este docente las brillantes palabras escritas. 

EL DESAHUCIO EN LAS AULAS. 
Por Elías Hacha, Director del IES Rodrigo Caro. Coria del Río (Sevilla) 

Lo supe esta mañana. Alumna nuestra. Me informó el Vicedirector, un hombre con aguda conciencia social. Echaba humo. Yo, muy en mi lugar, sin dejar de entender su indignación, lo llamé a la prudencia. Me escuchó, pero me dio fuerte. No niego que mi obligada y profesional moderación me tiene todavía con un sabor amargo en la garganta. 

Educación para la ciudadanía. Ética. Religión católica y otras. Educación permanente en valores desde la transversalidad. La palabra al servicio de la democracia, una formación más allá de la mera adquisición de conocimientos. La insistencia, el ejemplo, la laboriosa tarea de corregirlos sin descanso en la esperanza de que nuestra adolescencia desemboque en una juventud de mujeres y hombres hechos y derechos. Y de repente, como una puñalada a traición, como un tornado que tambalea todo lo construido día a día y año tras año a base de rigor y de mimo, un hecho de legal brutalidad que extiende su evidencia por aulas y pasillos en unas pocas horas y amenaza la consistencia de todo cuanto había sido laboriosamente plantado, regado, cultivado: desahucian a la familia de una alumna de 2º de ESO. Miembros de la comunidad escolar. Compañeros. 

¿Desahucian, maestro? ¿Qué es eso?
Los echan de su casa.

¿Y puede seguir ocurriendo? Puede que sí.

Pero, ¿por qué?
Por dinero. Por dinero... entiendo... pero, ¿y la policía?
Tiene que asegurar que se haga el desahucio.

Por dinero... entiendo... ¿y el alcalde?

No puede hacer nada.
Por dinero... entiendo..., ¿y los jueces?
Han tenido que ordenarlo.
Por dinero... entiendo..., ¿y nuestros representantes, los diputados, el gobierno, los que hacen las leyes?
Recomiendan que no se desahucie a la gente humilde. Lo recomiendan. Eso es todo.

Pero, ¿y los profesores?
¿Los profesores? ¿Qué podemos hacer los profesores...?

No, perdón, maestro, quería decir... ¿qué pasa con lo que nos han enseñado los profesores? Nos han mentido ustedes. Deberían habernos enseñado que el principal valor no es el amor, ni la honradez, ni la libertad, ni el saber escuchar, ni la solidaridad, ni ninguna de esos rollos que nos vienen contando... Deberían habernos dicho desde el principio que el más importante de los valores es el dinero. Si esa era la respuesta, la clave por la que se mueve toda esta sociedad de la que ustedes son funcionarios, ¿por qué nos han mentido desde el principio? ¿Por qué nos lo han ocultado? ¿No será que en realidad pretenden convertirnos en personas equivocadas y débiles, en presas fáciles? ¿Por qué nos han engañado, señores maestros?

No entiendo...
Llevo un cuarto de siglo enseñando en Institutos, inculcando la democracia, creyendo en la función pública como herramienta seria al servicio de la prosperidad y de la igualdad social. La mitad de ese tiempo, como director orgulloso de su equipo, de su claustro. Nunca antes había tenido la sensación de formar parte de una farsa. Esta es la única respuesta honrada que para ellos me queda. Lástima que quizás no sea sino otro rollo que les suelto. 

Y es que, ante ellos, a mí sólo me queda la palabra. No puedo incitarlos a una lucha que nos corresponde a los adultos y tampoco puedo, como profesor, responder con el silencio... ¡qué débil la palabra frente a la lección implacable de este hecho real y verdadero, ante este frío desahucio que ellos -todos ellos- contemplan con sus propios ojos! 

Me queda, y ni siquiera sé si es algo, apremiar -también con palabras- a esos por quienes ellos preguntaban: a los diputados, a los jueces, a los múltiples gobiernos de esta España que aún luce la denominación de democracia. ¿O se trata ya nada más que de una especie de "denominación de origen", de un recurso publicitario cara al mercado, de una máscara obligada... ¿por dinero?

Los miro, y me duelen. Son los niños de la crisis. Mírenlos conmigo, señores legisladores, señores de los múltiples gobiernos. Que no sean también los niños del desengaño. Ustedes, que sí pueden, respondan con hechos a este hecho. 

(Multipliquen por la red este mensaje. Tal vez llegue a alguien capaz que se atreva de verdad a mirar) 
Saludos.


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Mi nueva entrada en el blog: El héroe de la Transición fue mi padre

4 comentarios:

No es una cuestión de pedir clemencia ni de suplicar conmiseración. El que escribe el texto parece no creerse la conclusión que él mismo extrae ("el valor que gobierna nuestra sociedad es el dinero"). Si la creyera, no se molestaría en pedir compasión, sino que instaría a todos los lectores a adoptar una posición activa, crítica y luchadora contra dicho valor y los que lo promueven.

El dinero es la lógica de las élites, y esta se ha extendido a toda la sociedad, convirtiéndola en una selva. Eso es funcional para ellas, pues en la competencia por el dinero (los recursos), el que ya lo tiene en grandes cantidades parte con la victoria casi asegurada.

Defender la democracia supone primero contar la cruda verdad del sistema en que vivimos. Lean, estudien, investiguen y transmitan todo ello a sus amigos y conocidos. No se queden en la superficie. Duden. Duden siempre y vuelvan a investigar. Lean sobre todas las corrientes políticas, conozcan sus argumentos, conciban nuevas posibilidades y critiquen constructivamente. Conozcan las ideas económicas sobre las que se ha construido nuestra sociedad, y conozcan también aquellas sobre las que no lo hicieron, pero podrían haberlo hecho. Pregúntese por qué no fue así y quién se benefició con ello. Continúe sin descanso hasta que no le quede aliento. En el proceso, se encontrará viviendo con dignidad y construyendo la democracia.

Eso no es cierto. En el proceso te habrán devorado los lobos, roído tus huesos los buitres y con tus huesos todavía alguien se hará un caldo. Las injusticias no se conocen en su mayoría y muchas menos se reparan. Es la bonhomía y el corazón, con sus equivocaciones, la que cambia el mundo. No se para en mal con la denuncia y la crítica.

Eso no es cierto. En el proceso te habrán devorado los lobos, roído tus huesos los buitres y con tus huesos todavía alguien se hará un caldo. Las injusticias no se conocen en su mayoría y muchas menos se reparan. Es la bonhomía y el corazón, con sus equivocaciones, la que cambia el mundo. No se para en mal con la denuncia y la crítica.

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